Miren Jaio, 17927 – Centralia (2008)

1.
De antiguo, las nociones de orden, utopía y urbanismo han ido juntas. Así, a la hora de diseñar un nuevo orden socio-político, los proyectos utópicos han parecido precisar de un anclaje en el espacio en forma de ordenamiento urbano. No sorprende, por tanto, que el inicio del pensamiento urbano se sitúe en las ciudades ideales de Platón y Aristóteles, precedentes directos de los proyectos utopistas del Renacimiento.

“Quien conoce una ciudad utópica conoce las restantes, tan semejantes son unas a otras, según lo permite la naturaleza de cada lugar”. Tomás Moro, el menos explícito de entre los utopistas renacentistas en cuanto a la forma que debían adquirir las ciudades de la isla conocida como Utopía, era claro en al menos un extremo: todas las ciudades eran iguales porque todas seguían un orden preestablecido.

A partir del XVI, el Nuevo Mundo se convirtió en el campo de experimentación en el que ensayar las nuevas ideas sobre planificación urbana. La forma de estas ciudades de nueva planta fue, como ya apuntara Moro, semejante. Las “Ordenanzas de descubrimientos, nueva población y pacificación de las Indias”, promulgadas por Felipe II en 1573, regularon la construcción de las ciudades siguiendo un modelo único, el del plano en cuadrícula.

El plano en cuadrícula, aquél que organiza el diseño de las calles en ángulo recto a partir de dos ejes axiales, ha sido uno de lo más utilizados a lo largo de la historia de la planificación urbana. Algunos estudiosos afirman que este tipo de plano carece de ideología y que es el uso concreto el que le atribuye uno u otro sentido. Sin embargo, el orden geométrico al que la retícula somete a los espacios de vida en común, y la legibilidad espacial que deviene de este orden, revelan una intención clara: la imposición de control. El hecho de que los orígenes del plano en cuadrícula se encuentren en una estructura militar, el castro, el campamento temporal empleado por las legiones romanas, apuntala esta tesis.

El sometimiento al orden de los proyectos utópicos no deja de resultar paradójico. Cierto es que la única manera de imaginar un futuro deseable pasa por planificar éste. Pero la disciplina prospectiva, aquélla que intenta dominar lo imponderable y lo incierto, tal vez no sea la más adecuada. Quizás, el horizonte de la utopía deba situarse más allá de lo ponderable y lo cierto, tal vez deba “superar la necesidad de orden” (1).

2.
En sus Etimologías, Isidoro de Sevilla explica que el término latino civitas designa una pluralidad de seres humanos unidos por lazos sociales, mientras que urbs define la fábrica o estructura material de la ciudad. Con el paso del tiempo, civitas ha asumido de manera metonímica el significado de urbs. Irónicamente, en paralelo al desplazamiento semántico del término civitas, el sentido de la propia realidad que originalmente denotaba, la esfera pública, ha terminado socavándose.

Las ciudades estadounidenses ilustran bien este agotamiento de lo comunitario. El modelo que siguen es un desarrollo dinámico del plano en cuadrícula. En una suerte de juego de Tetris, este desarrollo viene marcado por la desaparición del centro y el crecimiento ilimitado. Inquietantemente similar a los mecanismos de producción capitalista, su resultado es un espacio dominado por una “estructura material” (o urbs) que, en aras de la legibilidad, niega la complejidad de la diferencia y donde el lugar de encuentro se desplaza a las confluencias de los lugares de paso, las esquinas en los cruces de las calles.

3.
El objetivo de la religión cristiana, buscar una ordenación y una solución espiritual a la vida del individuo, se resuelve en el interior del templo cristiano en forma direccional: toda la liturgia se desarrolla en la cabecera orientada al este, punto hacia donde se dirigen los cuerpos y las miradas. El diseño de los elementos internos del edificio –arquitectónicos, iconográficos, decorativos– está destinado a enfatizar este sentido direccional.

En el exterior, en principio, los elementos arquitectónicos del templo cristiano no suelen revelar su interior. Por el contrario, los contrafuertes de las iglesias románicas, sí reflejan, en negativo, su interior. Elementos estructurales macizos y opacos, permiten la descarga de los empujes de las bóvedas. Gracias a ellos, éstas, parte del programa iconográfico interno del templo como representaciones de la bóveda celeste, generan un espacio airoso y expresivo.

De esta función estructural se derivan diversas implicaciones hacia el interior y el exterior del edificio. Por un lado, los contrafuertes, que cortan en segmentos verticales rítmicos la nave central de estructura longitudinal, contrapuntean la direccionalidad interna de aquélla. Por otro, estos elementos de descarga señalan el carácter excepcional del templo. En las poblaciones medievales, en medio de las viviendas, que crecían arracimadas y apoyadas las unas sobre las otras, la iglesia era a veces el único edificio exento. Los contrafuertes permitían que el templo existiera como referente singular y subrayaban su aislamiento del resto.

4.
El gran reto constructivo de la arquitectura románica fue lograr levantar con éxito edificios religiosos abovedados. Una y otra vez, las bóvedas de medio cañón se derrumbaban. Así, la reconstrucción de la cubrición de las iglesias se convirtió en el medievo en una empresa habitual. Sin embargo, las nuevas bóvedas a menudo volvían a desplomarse, y los constructores terminaban optando por sustituirlas por techumbres de madera. Tras la última reconstrucción, los contrafuertes, carentes ya de función alguna, se mantenían pegados al muro como brazos muertos.

5.
Una noticia, en el diario El País del 16 de mayo de 2007: “La noche del 25 de enero de 2005, las doce familias (…) tuvieron que salir con lo puesto (…) desalojo «preventivo» a causa de «un desprendimiento en las obras del túnel de la línea (…)». Transcurridas cuarenta y ocho horas, la tierra se tragó un garaje situado pared con pared con esa finca y empezó el calvario del Carmel”.

Otra noticia, “El tesoro del Carmel”, en el diario económico Expansión del 5 de mayo de 2008: “El Carmel es, actualmente, uno de los pocos barrios de Barcelona donde se genera nuevo suelo, una de las mayores necesidades de la capital catalana.”

No parece haber una relación causal lógica entre los dos relatos: un buen día, el suelo se derrumba en el barrio del Carmel en Barcelona; tres años más tarde, “se genera nuevo suelo” en el mismo barrio. ¿Es posible que del suelo destruido se genere nuevo suelo? Además de un valor de cambio seguro, ¿es el suelo un recurso natural inagotable capaz no sólo de regenerarse como de reproducirse? ¿Cómo es posible pasar sin transición de “el calvario del Carmel” a “el tesoro del Carmel”?

6.
En nuestra experiencia cotidiana del espacio como realidad tridimensional, éste se nos presenta limitado por el plano horizontal que traza el suelo que pisamos. Este plano condiciona nuestra percepción de la realidad: vemos y entendemos aquello que queda por encima del suelo. Lo que queda por debajo de él, lo damos simplemente por supuesto.

El plano en cuadrícula está diseñado para un terreno idealmente estable, llano, regular y sin accidentes. El término “accidente” en relación a un plano urbano se refiere a todo aquel elemento imprevisto que perturba el orden y altera la integridad del diseño. Ése sería el caso de los accidentes geográficos. Así, en una aberración de la lógica, una pendiente sería considerada como un capricho orográfico y, siguiendo con la argumentación, la planificación urbana, como previa a la orografía.

La fractura del soporte del plano, el suelo, sería otro ejemplo de accidente. Ése sería el caso de los derrumbes en el barrio del Carmel en Barcelona y en la población estadounidense de Centralia en Pennsylvania. En los dos ejemplos, la razón caprichosa por la cual el suelo se abrió bajos los pies de la gente no se debió a causas naturales sino, de forma más o menos directa, a la intervención humana.

7.
El dominio del fuego fue una de las grandes cuestiones durante los tiempos prehistóricos. El fuego, agente de destrucción y fuente de vida, proporcionaba calor durante una época caracterizada por las temperaturas extremas, permitía cocinar los alimentos, ahuyentar a los animales salvajes y atacar al enemigo. El manejo del fuego requería una serie de conocimientos: no sólo había que saber cómo provocar el fuego, también cómo controlarlo, tanto para mantenerlo vivo como para apagarlo.

Desde entonces, el fuego ha sido una realidad que, como el agua, el aire o la tierra, más allá de su concreción, es percibida en términos absolutos y trascendentes. El carácter volátil e incontrolable del fuego ha contribuido a que, ante su presencia casi inexplicable, resulte difícil separar su naturaleza material de la simbólica.

Como la gota lo es al agua, la llama es la expresión más concreta y reducida del fuego, así como uno de sus simbolismos más típicos. Prendida en conmemoración de un hecho, una persona o una idea, la misión de la llama que no deja de arder es afirmar con su presencia que no se olvidará nunca. Esta imagen del fuego inmortal (la expresión que en inglés se da a la llama conmemorativa es eternal flame) es una idealización: aunque resulta fácil provocar un fuego, en su propia naturaleza está el extinguirse tarde o temprano (2).

8.
Si la llama es la expresión más concreta y reducida del fuego, éste, considerado en términos absolutos en tanto que sustancia informe, ilimitada e inextinguible, ofrece cierta resistencia a ser representado. El fenómeno natural del fuego subterráneo tal vez sea la imagen más cercana del fuego en el momento previo a su representación.

Bajo el lugar en el que se asentaba la localidad de Centralia en Pennsylvania arde un fuego subterráneo provocado de manera accidental. La de esta población, fundada a mediados del XIX sobre un yacimiento de carbón, y que pasó de dos mil habitantes en su momento de mayor esplendor a nueve en 2007, es una historia triste. En la década de los 60 del siglo pasado, se cerraron la mayoría de las empresas que explotaban sus minas subterráneas y a cielo abierto. En 1962, tal y como se explica en la página de wikipedia dedicada a la población (3), se prendió fuego a las basuras del vertedero local, situado en un antiguo yacimiento minero. El fuego se extendió a las minas de carbón abandonadas sobre las que se asienta Centralia. Cuarenta años más tarde, el fuego sigue ardiendo y seguirá haciéndolo durante unas décadas más. En 1992, el estado de Pennsylvania reclamó con éxito los derechos sobre todas las propiedades de la población. Los residentes, desalojados a consecuencia de esta decisión judicial, fracasaron en sus intentos de revocarla. En 2002, el servicio postal de los Estados Unidos anuló el código postal de Centralia, 17927.

El fuego subterráneo ha condenado Centralia al abandono. Las fotografías de la población muestran calles sin casas, pavimentos levantados y carreteras recorridas por fallas humeantes. Ante estos rastros, cuesta imaginar el relato concatenado de ciento cincuenta años de vida: los intereses económicos, la llegada de la gente y el trabajo en las minas, la construcción de los edificios y la vida en común, la crisis económica y el paro, la marcha de la gente, la decadencia y la dejadez, el accidente fortuito y el fuego, la población abandonada, la demolición de los edificios, la ruina, de nuevo los intereses económicos, todavía el fuego… Esta estratigrafía de tiempos distintos de la historia de Centralia termina precipitando en una imagen que sólo puede ser definida como una ruina entrópica.

9.
La entropía es un concepto de la física clásica que expresa la capacidad de transformación de la energía: cuanto mayor es la entropía de un sistema, tanto menor es la energía en él contenida capaz de sufrir transformaciones. La consecución del máximo de entropía caracteriza la llegada a un estado de equilibrio en el cual no son ya posibles ulteriores transformaciones energéticas.

10.
El carácter direccional es un elemento constante en los cultos religiosos: direccionalidad estática de los cuerpos (hacia un punto fijo dentro del templo; hacia un punto fijo en el horizonte) y direccionalidad en movimiento de los cuerpos (que peregrinan a un lugar santo para, una vez allí, girar juntos alrededor de éste).

El moshing es un baile de la subcultura del hardcore que consiste en bailar y saltar chocando unos cuerpos creando un movimiento que recuerda al de los “micro-organismos” (4). Esta ritualización del baile como caos multidireccional podría interpretarse como una reacción a cierta lectura totalitaria y alienante de los movimientos colectivos. Sin embargo, el moshing, con su escenificación controlada de la agresión entre los cuerpos, no deja de ser una variante del movimiento direccional de las multitudes. Porque, lo que genera la multitud, es la acción común mantenida, estática o en movimiento, y la conciencia de marchar juntos.

EPÍLOGO.
“La poesía (…) acude a entregarse aún a los que no la desearon; se da a todos y es diferente para cada uno (…). Porque este don de la poesía no es de nadie y es de todos. Nadie le ha merecido y todos, alguna vez, lo encuentran.”
María Zambrano, Filosofía y poesía. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2001.

El destino del poema es la multitud. Zambrano reconoce la complejidad fragmentaria e indeterminada del objeto del poema, la colectividad, esa frágil realidad compuesta de sujetos individuales. El “todos” está hecho de muchos distintos, dice; no todos llegan juntos al poema, ni lo merecen; no todos lo desean; en algún momento, lo harán.

El poema, ese “don” que pertenece a todos y no pertenece a nadie, es una naturaleza también informe que “anhela la unidad y se revuelve contra ella”, que “vive en la dispersión y se aflige”. El poema, el canto, está hecho de temblores y explosiones de luz, de una simultaneidad de tiempos otros que provoca un extrañamiento en quien lo dice y en quien lo recibe. El poema, con su repertorio siempre nuevo de gestos, crea la nueva multitud. El poema se convierte así en la promesa de la utopía. (5)

“De ahí ese temblor que queda tras de todo buen poema y esa perspectiva ilimitada, estela que deja toda poesía tras de sí y que nos lleva tras ella; ese espacio abierto que rodea toda poesía.”

1) Como apunta Richard Sennett en Vida urbana e identidad personal (Ediciones Península, Barcelona, 2001), “Marx, en sus manuscritos de 1844, comprendió esto; ser libre en un mundo posrevolucionario – escribió – es superar la necesidad de orden”.
2) Acerca de la naturaleza extinguible del fuego puede consultarse Masa y poder de Elias Canetti (Alianza, Madrid, 1999).
3) http://en.wikipedia.org/wiki/Centralia,_Pennsylvania
4) Peter Belsito y Bob Davis: Hardcore California. A History of Punk and New Wave, Ed. The Last Gasp of San Francisco, San Francisco, 1983.
5) Filosofía y poesía es un libro escrito en el exilio y animado por un doble espíritu: la utopía comunitaria y la personal. En el prólogo de 1987, Zambrano cuenta que lo redactó “en aquel otoño mexicano como homenaje a la Universidad San Nicolás de Hidalgo, descendiente directa de los estudios de Humanidades, fundada por don Vasco de Quiroga no lejos de las orillas del río Patzcuaro, que fue allí desde España, a la región de los indios Tarascos, para fundar la Utopía de la República Cristiana de Tomás Moro”. Más adelante, revela que con este libro realizó la utopía de que ella, una mujer, pudiera enseñar filosofía en una universidad y escribir sobre asuntos filosóficos.